sábado, 30 de marzo de 2019

Papa Francisco: «Sin Dios no se puede vencer el mal»

(InfoCatólica) El Pontífice presidió ayer la liturgia penitencial en la Basílica Vaticana. Fue el primero el confesarse a la vista de todos. Tras él, numerosos fieles se acercaron a los confesionarios de la Basílica a confesarse.

Homilía del Papa en la Misa:

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia» (In Io. Ev. tract. 33,5). Así encuadra san Agustín el final del Evangelio que hemos escuchado recientemente. Se fueron los que habían venido para arrojar piedras contra la mujer o para acusar a Jesús siguiendo la Ley. Se fueron, no tenían otros intereses. En cambio, Jesús se queda. Se queda, porque se ha quedado lo que es precioso a sus ojos: esa mujer, esa persona. Para él, antes que el pecado está el pecador. Yo, tú, cada uno de nosotros estamos antes en el corazón de Dios: antes que los errores, que las reglas, que los juicios y que nuestras caídas. Pidamos la gracia de una mirada semejante a la de Jesús, pidamos tener el enfoque cristiano de la vida, donde antes que el pecado veamos con amor al pecador, antes que los errores a quien se equivoca, antes que la historia a la persona.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». Para Jesús, esa mujer sorprendida en adulterio no representa un parágrafo de la Ley, sino una situación concreta en la que implicarse. Por eso se queda allí, en silencio. Y mientras tanto realiza dos veces un gesto misterioso: «escribe con el dedo en el suelo» (Jn 8,6.8). No sabemos qué escribió, y quizás no es lo más importante: el Evangelio resalta el hecho de que el Señor escribe. Viene a la mente el episodio del Sinaí, cuando Dios había escrito las tablas de la Ley con su dedo (cf. Ex 31,18), tal como hace ahora Jesús. Más tarde Dios, por medio de los profetas, prometió que no escribiría más en tablas de piedra, sino directamente en los corazones (cf. Jr 31,33), en las tablas de carne de nuestros corazones (cf. 2 Co 3,3). Con Jesús, misericordia de Dios encarnada, ha llegado el momento de escribir en el corazón del hombre, de dar una esperanza cierta a la miseria humana: de dar no tanto leyes exteriores, que a menudo dejan distanciados a Dios y al hombre, sino la ley del Espíritu, que entra en el corazón y lo libera. Así sucede con esa mujer, que encuentra a Jesús y vuelve a vivir. Y se marcha para no pecar más (cf. Jn 8,11). Jesús es quien, con la fuerza del Espíritu Santo, nos libra del mal que tenemos dentro, del pecado que la Ley podía impedir, pero no eliminar.

Sin embargo, el mal es fuerte, tiene un poder seductor: atrae, cautiva. Para apartarse de él no basta nuestro esfuerzo, se necesita un amor más grande. Sin Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres. Si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana. Y lo hace sobre todo a través del sacramento que estamos por celebrar. La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». Solo ellos. Cuántas veces nos sentimos solos y perdemos el hilo de la vida. Cuántas veces no sabemos ya cómo recomenzar, oprimidos por el cansancio de aceptarnos. Necesitamos comenzar de nuevo, pero no sabemos desde dónde. El cristiano nace con el perdón que recibe en el Bautismo. Y renace siempre de allí: del perdón sorprendente de Dios, de su misericordia que nos restablece. Solo sintiéndonos perdonados podemos salir renovados, después de haber experimentado la alegría de ser amados plenamente por el Padre. Solo a través del perdón de Dios suceden cosas realmente nuevas en nosotros. Volvamos a escuchar una frase que el Señor nos ha dicho por medio del profeta Isaías: «Realizo algo nuevo» (Is 43,18). El perdón nos da un nuevo comienzo, nos hace criaturas nuevas, nos hace ser testigos de la vida nueva. El perdón no es una fotocopia que se reproduce idéntica cada vez que se pasa por el confesionario. Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». ¿Qué hacer para dejarse cautivar por la misericordia, para superar el miedo a la confesión? Escuchemos de nuevo la invitación de Isaías: «¿No lo reconocéis?» (Is 43,18). Reconocer el perdón de Dios es importante. Sería hermoso, después de la confesión, quedarse como aquella mujer, con la mirada fija en Jesús que nos acaba de liberar: Ya no en nuestras miserias, sino en su misericordia. Mirar al Crucificado y decir con asombro: «Allí es donde han ido mis pecados. Tú los has cargado sobre ti. No me has apuntado con el dedo, me has abierto los brazos y me has perdonado otra vez». Es importante recordar el perdón de Dios, recordar la ternura, volver a gustar la paz y la libertad que hemos experimentado. Porque este es el corazón de la confesión: no los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos. Sin embargo, nos puede asaltar una duda: «no sirve confesarse, siempre cometo los mismos pecados». Pero el Señor nos conoce, sabe que la lucha interior es dura, que somos débiles y propensos a caer, a menudo reincidiendo en el mal. Y nos propone comenzar a reincidir en el bien, en pedir misericordia. Él será quien nos levantará y convertirá en criaturas nuevas. Entonces reemprendamos el camino desde la confesión, devolvamos a este sacramento el lugar que merece en nuestra vida y en la pastoral.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». También nosotros vivimos hoy en la confesión este encuentro de salvación: nosotros, con nuestras miserias y nuestro pecado; el Señor, que nos conoce, nos ama y nos libera del mal. Entremos en este encuentro, pidiendo la gracia de redescubrirlo.

La Basílica más antigua de la diócesis. Por Agustín Hevia Ballina

(Iglesia de Asturias) El veinte de agosto del año del Señor de 1872, puede apuntarse como un hito señero en el discurrir de la vida catedralicia. El Obispo de Oviedo D. Benito Sanz y Forés, que tantos méritos acumuló en relación al engrandecimiento de su catedral y no menos con el embellecimiento de Covadonga, solicitaba a Su Santidad el Papa Pío IX la gracia de que concediera a su templo catedralicio el título de Basílica Menor, con todos las repercusiones canónicas y litúrgicas, que se consideraban inherentes y anejas a tan honorífico título. Se adelantaba al mismo tiempo a la espléndida restauración que planeaba llevar a cabo del retablo mayor catedralicio, el tercero en importancia de los retablos góticos de España, que venía a serlo tal, tras los de Toledo y Sevilla.

Se manifestó la munificencia y favor del Romano Pontífice accediendo a las “vehementes preces del querido hijo, el Venerable Hermano, Obispo de Oviedo, D. Benito Sanz y Forés, mediante las Letras Apostólicas, de 20 de agosto de 1872, haciendo honra a la celebridad de la ciudad de Oviedo y de su catedral, al esplendor de las mismas, al gran número y dignidad de las sagradas reliquias, que el pueblo cristiano acude, numerosísimo, en peregrinación, a adorar y venerar”

El venerable anciano, que ya lo era, el Santo Padre Pío IX, en virtud de las Letras Apostólicas, ya aludidas, valiéndose de su apostólica autoridad vino en erigir y erigió en Basílica Menor a la Iglesia Catedral de Oviedo, y a ella vino a conceder todos y cada uno de los derechos, privilegios, prerrogativas, honores y preeminencias de que disfrutan y gozan, en la ciudad santa, que es Roma, las basílicas menores, tal como en el presente los tengan o puedan en el futuro tenerlos y disfrutarlos.

La repercusión de la noticia en los ámbitos diocesanos fue in-mensa. La prensa se hizo eco de la importancia de la concesión. Las actas capitulares dejaron constancia del significado gozoso que entrañaba la efeméride, tomando el pertinente acuerdo de dejar constancia para futura memoria del acuerdo de fijar una lápida en la pared del lado izquierdo del crucero. En ella, en conciso y expresivo texto latino, que te traduzco, quedó el testimonio de la efeméride: “Con su munificencia y favor, el Sumo Pontífice, Pío IX, enriqueció con privilegios esta Santa Iglesia Catedral, a 20 de agosto de 1872”.

Y singularmente, el Boletín Eclesiástico del Obispado publicó, también en gratísimo latín, una disertación, cuyo título queda así reflejado: “Disertación sobre la Doctrina Canónica acerca de los privilegios concedidos a iglesias especialmente relevantes, pronunciada en alabanza y loa de la Santa Catedral Ovetense, por el título de Basílica recientemente concedido, disertación tenida en la cátedra de Disciplina Eclesiástica del Seminario Conciliar de esta diócesis en la fiesta del aniversario de la Dedicación de la Iglesia”. El autor era D. José Messeguer y Costa, Secretario de Cámara y Gobierno de Sanz y Forés. Catedrático de Disciplina Eclesiástica. Fue nombrado Obispo de Lérida en 1889 y Arzobispo de Granada en 1905, donde murió el 9 de diciembre de 1920.

Del texto de esta disertación se hizo una edición aparte del Boletín, que recientemente tuve la suerte de incorporar a mi librería personal. No puedo dejar de aflorar mi vena de bibliófilo. Sobre su contenido tengo en vía una análisis más pormenorizado de algunos aspectos singulares de este hermoso texto, que ha sido incorporado a los propios de la diócesis, reformados según el Concilio Vaticano II.

jueves, 7 de marzo de 2019

La fe inquebrantable de los mártires

(Iglesia de Asturias) 

El religioso asturiano Fidel González ofreció una charla sobre los futuros beatos

La importancia de no olvidar, en la diócesis, el testimonio de nuestros mártires, fue una de las ideas fundamentales que recalcó con rotundidad el pasado martes el sacerdote y misionero comboniano Fidel González, Relator en Roma de la Causa de los Seminaristas Mártires, en el transcurso de la conferencia que impartió en el Aula Magna del Seminario ante un buen número de sacerdotes y laicos. Estuvo acompañado por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, el Rector del Seminario, Sergio, y el Delegado para las Causas de los Santos, Manuel Robles.

Este doctor en Historia, en Teología y en Humanidades natural de Levinco (concejo de Aller), colabora estrechamente con la Congregación vaticana para las Causas de los Santos, y ha participado ya en más de 200 causas de martirio de la persecución religiosa en el siglo XX en España, aunque como él mismo quiso recordar, nunca se imaginó que iba a ostentar la responsabilidad de “Relator” de los seminaristas mártires asturianos, de quienes oyó hablar de pequeño en el mismo Seminario de Oviedo, donde nació su vocación sacerdotal y misionera. Un papel, el de Relator, que, según explicó, “no tiene nada que ver con la postulación. Eso es otra cosa –afirmó–, ellos serían los abogados. El Relator es el que prepara todas las cuestiones de carácter histórico, jurídico, procesal y las lleva adelante. Y es el que pone las objeciones delante de los historiadores, teólogos y cardenales. No es el Relator el que da un juicio o tiene que defender una causa”, quiso aclarar ante los presentes.

En el comienzo de su intervención, el padre Fidel González quiso recordar los orígenes de la Segunda República en España, y sin “entrar en cuestiones políticas, porque no es el lugar”, recordó que venía de lejos “un deseo manifiesto de luchar por una España totalmente regenerada; al menos, desde la llamada generación de 1898, con el desastre y hundimiento de lo que quedaba del Imperio Español”. Aquella época fue “el punto de partida de nuevas generaciones intelectuales y literarias”, dijo, y además, “en el viejo sistema monárquico creían ya pocos intelectuales, e incluso aún menos políticos por considerarlo caduco. Y la Iglesia oficial española se encontraba bastante somnolienta e incapaz de reaccionar ante aquel deplorable estado de cosas sociales. Así, se llega a la proclamación de una Segunda República a la que nadie seriamente se opuso”. En aquellos años, si bien había un grupo de hombres “que aceptaban la República porque se daban cuenta de la necesidad de transformaciones sociales profundas y creían que el nuevo régimen podría conseguirlo”, y que al mismo tiempo “querían instaurar un orden republicano donde hubiera una sana laicidad y de respeto por la tradición histórica española”. Sin embargo pronto, reseñó el religioso comboniano “se vio la dificultad, cuando la República se vio controlada por ideologías extremas”.


Así nació por ejemplo el “experimento revolucionario en Asturias de octubre de 1934”, afirmó el Relator de la Causa, que “degenera por una parte en la persecución religiosa anticatólica, primero legal, y en seguida violenta y sangrienta, donde se llegó al exterminio sistemático de muchos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y seglares católicos e incluso al llamado “martirio de las cosas”.

Tras citar un buen número de autores y volúmenes dedicados a estos años de la historia en España, que forman parte de su biblioteca y que como Relator en este tipo de causas de martirio en el siglo XX español ha tenido que leer y estudiar, el religioso destacó algunas de las cifras de la persecución religiosa en nuestro país que recogen los historiadores, como Antonio Montero, autor del libro “Historia de la persecución religiosa en España”, volumen fundamental, dijo, “del que todos bebemos”. Montero cuantifica los asesinados por causa de su fe en el siglo XX española en “12 obispos y un administrador apostólico; 4.184 sacerdotes diocesanos; 2.365 religiosos y 283 religiosas, sin contar los seglares, que él los calcula en 6.845”.

“En Asturias, estas cifras ascienden al menos a 191 los asesinados a lo largo de toda esta persecución”, afirmó el sacerdote. “Quiero subrayar y esto tiene que quedar muy claro pues está demostrado –recalcó– que la verdadera y efectiva persecución religiosa se puede datar a partir del 11 de mayo de 1931 cuando en toda España fueron quemadas en el fuego no menos de 500 iglesias en un solo día. Mientras las autoridades de la República, el católico confeso Alcalá Zamora y un ministro de la gobernación, también católico confeso, Antonio Maura, estuvieron al margen de todo y ordenaron a la guardia civil no entrometerse”. “En este torbellino antirreligioso –añadió– lo que se pretendía era borrar no solo el hecho católico en abstracto, sino también a las personas que lo representaban: curas, frailes, monjas, o militantes, y los seminaristas como es lógico”.

“El movimiento de octubre que empieza aquí en Asturias –afirmó el Relator de la causa de los seminaristas mártires– no sólo resultó el más sangriento de cuantos la izquierda revolucionaria emprendió hasta entonces en Europa desde 1917, sino también el mejor organizado y armado. La doctrina de Marx que la sustenta y la propia historia de Rusia y países satélites nos han dejado bien claro que una de las manifestaciones más genuinas de la dictadura del proletariado era la exigencia de erradicar del hombre su sentido religioso, y como medio, la necesidad de acabar con la Iglesia considerada enemiga principal junto al mundo capitalista, y el avance, según ellos, del proletariado. Para acabar con la Iglesia había que terminar con iglesias, sus instituciones, etc., pero sobre todo con las personas que la encarnaban”.

Esto explica, para el ponente, que en los testimonios de los martirios o en los documentos de la época se encuentren repetidas docenas de veces “expresiones que explican con claridad que se trataba de una decisión colectiva, una obligación consciente, casi una responsabilidad llevada a cabo sin el menor escrúpulo: es un fraile, es un cura, hay que matarlo”.

En el caso de los seminaristas mártires que serán beatificados este sábado en la Catedral, lo cierto es que eran perfectamente conscientes del peligro que corrían acudiendo aquel curso al Seminario. Según explicó el padre Fidel González, el capellán de la beneficiencia de la Diputación de Oviedo recordaba que hacía mucho tiempo que perseguían al Seminario y que meses antes del asalto ya custodiaban la casa por la noche por temor al incendio. “Este dato es revelador –incidió–. Porque si la persecución se arrastraba desde el curso anterior, quiere decir que los que acudieron al Seminario en el 34 y el 35 sabían a qué se exponían y no huyeron del peligro”.

“Entonces la pregunta que yo me hago: ¿por qué volvían al Seminario cuando sabían lo que se estaba cociendo, lo que iba a suceder?” manifestó el sacerdote, recordando al mismo tiempo que los jóvenes procedían de ambientes donde se conocía el estado de la situación social y política: “Venían de las cuencas mineras, eran hijos de mineros, de agricultores, de marineros, eran personas que durante el verano tenían que ganarse el pan y trabajar y pagarse los estudios, que a duras penas conseguían. No eran lumbreras en inteligencia, pero tenía un sentido de pertenencia eclesial y de fe tan sumamente arraigada que, a pesar de que habían recibido consejos de que no volviesen al Seminario, a veces incluso por parte de los mismos párrocos y sin embargo ellos decidieron volver, sabiendo a lo que se exponían”.

Aplicando la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el martirio a estos casos, se “demuestra claramente su existencia”, manifestó el Relator: “En el caso de los nueve seminaristas, no hubo proceso alguno, sino una simple eliminación física, precedido algunas veces por torturas físicas y siempre por morales. De estos nueve, seis fueron detenidos el 7 de octubre de 1934, fueron conducidos por la calle Santo Domingo de Oviedo, hoy padre Suárez, y fusilados en los aledaños de la calle llamada Travesía del Monte de Santo Domingo, ahora calle San Melchor García San Pedro. Los pararon junto a un portón, hoy abatido, cerca de la entrada de los autobuses de la compañía de entonces llamada El Carbonero, y allí los fusilaron gritando ellos Viva Cristo Rey. El fusilamiento tendría lugar entre las 12 del mediodía y la 1 de la tarde, según testimonia uno de los seminaristas que fue fusilado pero no llegó a morir”.

“Ese domingo también fueron asesinados en Mieres el sacerdote don Graciniano González, cura ecónomo de San Esteban de las Cruces. Tenía 27 años cuando fue fusilado. Después de ese mismo día fueron asesinados otros muchos, pero el 8 de octubre en el mercado de San Lázaro, no muy lejos del lugar del asesinato de los seminaristas, fue el turno del Vicario General, don Juan Bautista Puerte, el canónigo profesor del Seminario, don Aurelio Gago, y el padre Paúl Vicente Pastor Vicente, hoy ya beatificado. En la noche de ese mismo día fueron fusilados también en Turón los hermanos de La Salle y el padre Pasionista que los seguía como confesor. Estos están ya canonizados”, explicó.

Con todo ello, el Relator de la Causa de los seminaristas mártires en Roma, quiso finalizar recordando que “merecería la pena tomar en serio todas estas causas de sacerdotes y seminaristas, aunque hay otros muchos”.

“La sangre de los mártires es semilla de cristianos”, afirmó. “¿Qué hubiera sucedido si los cristianos en la Antigua Roma no se hubieran preocupado de recordar a quienes murieron por causa de su fe? Eso fue lo que dio a la historia de la Iglesia el culto de los mártires, el origen de las iglesias consagradas a la memoria de los mártires. Perdonen mi dureza en esto, pero Asturias tiene el deber de llevar adelante una cantidad grande de mártires, que ni murieron por motivos políticos, ni estaban inscritos en un partido, sino que murieron por lo que eran y lo que representaban”.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Abre el corazón al Padre tierno y compasivo. Por Hna. Águeda Mariño Rico O.P.

Hoy es un día de esos especialmente señalados en la liturgia, cargados de simbología, muchas veces, de cierta superstición en su práctica. Nos abre la puerta a la Cuaresma, ese largo tiempo de camino, de peregrinaje por nuestro mundo interior, por las huellas que dejamos en nuestro paso por las vidas de otros y los acontecimientos. Para verlo todo a la luz de la Palabra, y que esa luz nos refleje aquello que necesita conversión, porque hace daño, provoca mal, o simplemente, dejamos de hacer el bien que está en nuestras manos.

Hay muchas formas de hacerlo, de tomarse en serio la oportunidad que nos brinda este tiempo, y seguro que descubriremos mucho, en cada uno, sobre lo que trabajarse interior y exteriormente. Pero hay una frase en esta primera lectura del profeta Joel que me resuena especialmente: “Volveos al Señor, vuestro Dios, y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarrar la ropa…”(Joel 2, 13). ¿Es posible convertirse, de espaldas a Dios, sin contar con él? Quizás no se trata sólo de esfuerzo o exigencia nuestra. Cuando escuchamos, con suavidad y en el silencio del corazón, la continuación de este versículo, sucede algo diferente: “…porque el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor, dispuesto siempre a levantar el castigo”.

No sabemos qué va a suceder, ni cómo, no sabemos si seremos capaces de afrontar el mal que hayamos hecho, o de perdonar el mal causado por otros. Sabemos que nos hacemos daño, que nos defraudamos, sabemos que los muros de nuestros propios límites y los de los demás, están ahí, desafiando la capacidad y la disposición a perdonar y ser perdonados, a levantarse una vez más, y otra, y otra más… Pero también sabemos que, cuando escuchamos que “el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor, dispuesto siempre a levantar el castigo”… no sabemos bien cómo sucede, pero grandes grietas se abren en esos muros, que dan paso a la luz, que nos permiten atravesarlas y encontrarnos de nuevo, hermanos, caminantes.
Porque hoy es el momento de hacerlo

Hoy es ese día, cada día “es el día”. No hay aplazamientos ni excusas: hoy es ese día. A veces, el peor enemigo para convertirnos o cambiar, somos nosotros mismos y nuestro “atesorado” deseo de conversión. Queremos cambiar con nuestros medios, luchando contra nosotros, con ascesis duras y mucha exigencia. Es más, así creemos también que deben convertirse y cambiar los demás, incluso les pedimos mucho más que a nosotros mismos, porque los buenos propósitos suelen durar bastante poco. Y nos volvemos duros e intransigentes. Hoy es el día, sí, es el día de abrir el corazón al Padre que está en lo oculto, y dejarle que nos vuelva un poco más parecidos a él: tiernos y compasivos, pacientes y todo amor, dispuestos siempre a levantar el castigo. “No desaprovechéis la bondad que Dios ha mostrado” escribe san Pablo en esta carta a la comunidad de Corinto.

Sólo tenemos el ahora, la oportunidad presente, la persona que está al lado, aquellos con los que convivo y me relaciono en este día a día que es mi vida hoy. Cuántas veces no comemos el pan tierno del día, porque queda del de ayer, y mañana volveremos a comer pan duro. Es una simple y práctica anécdota, pero nos pasa con la vida también. Vivimos con la añoranza de tiempos mejores, glorias pasadas, repitiendo siempre las mismas historias. O soñamos, siempre insatisfechos, con un ideal que sólo existe en el mundo de mis deseos.

Hoy es el gran día, es el que tengo, el que Dios me regala. Siempre habrá un sueño que cumplir, un ideal por el que luchar, un amor que sacie mi sed de plenitud. Pero la oportunidad ahora de dar el paso que te acerque a tu sueño, de decir una palabra o hacer el gesto que vaya implantando ese ideal, de abrir el corazón con generosidad y demostrar tu amor a quien está contigo…, es ya, o pasará ante ti perdiéndose para siempre.

Y solamente lo sabrá tu Padre, que está a solas contigo

“El Padre es quien ve en lo secreto”. Hay una anécdota que se suele atribuir a Miguel Ángel, pero yo la he leído en un libro de Henry Nowen: El león dentro del mármol.

Una vez un escultor trabajaba con martillo y cincel un gran bloque de mármol. Un niño que estaba mirándole no veía más que trozos de mármol pequeños y grandes cayendo a derecha e izquierda. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo. Pero cuando el niño volvió al estudio unas semanas después, se encontró con la sorpresa de un imponente y enorme león sentado en el lugar en el que había estado el bloque de mármol. Con gran excitación el niño corrió hacia el escultor y le dijo: “Por favor, dígame cómo sabía usted que había un león dentro del mármol”.

La respuesta es: “Yo sabía que había un león dentro del mármol porque, antes de verlo ahí, lo había visto en mi corazón. El secreto consiste en que fue el león de mi corazón el que reconoció al león del mármol”

Para ver qué hay en el mármol de mi vida, qué quiere Dios de mí, cómo es el Padre, cómo parecerme cada vez más a Él, tengo que descubrirle y verle en el corazón. Ahí en lo más íntimo, donde sólo Dios me habita, voy descubriendo quién soy, cómo me ama Dios, qué me pide. La conversión no es una tabla de ejercicios para ponerse en forma espiritual, no es solamente prácticas externas que a veces se quedan sin repercusión alguna en mí, en mi vida.

Jesús nos invita a ir a lo más profundo, a ser coherentes y sinceros con nosotros mismos. Nos aleja de la imagen, lo que se vive “de cara a la galería”. Nos adentra ahí donde el Padre nos ve tal como somos, y nos susurra con infinita ternura: ”Eres mi hijo, amado”. Convertirse, hacer oración, ayuno y dar limosna, pasan por el momento de descubrir quién soy, quién es mi hermano, verme y verle con el corazón de Dios, demostrarlo y descubrirlo amando en el pequeño momento de cada hoy.

Feliz camino de Cuaresma.

domingo, 3 de marzo de 2019

SE HACE SABER


TRAS EL CAMBIO DE CONTADORES POR EDP-ENERGÍA, LA IGLESIA QUEDÓ DEFICITARIA DE POTENCIA PARA ATENDER SU PROPIO CONSUMO ELÉCTRICO, PONIÉNDOSE ÉSTO DE MANIFIESTO HACE DOS INVIERNOS AL TRATAR DE ENCENDER LA CALEFACCIÓN Y NO ADMITIR LA PONTENCIA CONTRATADA LA DEMANDA DE ENERGÍA, CORTANDO ENTONCES EL SUMINISTRO EL NUEVO “CONTADOR INTELIGENTE” (ASÍ LLAMADO). 

PUESTOS EN CONTACTO CON EDP-ENERGÍA PARA SOLICITAR UN AUMENTO DE POTENCIA EN EL CONTRATO, ÉSTA NOS COMUNICA QUE LA PARROQUIA TIENE ABIERTO UN EXPEDIENTE NO RESUELTO SOBRE SITUACIONES PASADAS EN RELACIÓN A SU NUEVA INSTALACIÓN ELÉCTRICA Y QUE HASTA QUE ESTO NO SE RESUELVA, CONFORME A LA NUEVA NORMATIVA DE 2010 (LA CUAL EXIGE MODIFICACIONES EN LA INSTALACIÓN Y UBICACIÓN DE CONTADORES) NO SE AUTORIZABA EL AUMENTO DE POTENCIA (LO QUE NOS HACÍA TENER CALEFACCIÓN SIN PODER USARLA)

TRAS MUCHAS MEDIACIONES Y GESTIONES COMPLEJAS SE ACCEDIÓ, INEVITABLEMENTE, A LAS TODAS LAS CONDICIONES IMPUESTAS POR EDP-ENERGÍA, LO CUAL OBLIGÓ A UNA OBRA DE ACONDICIONAMIENTO PARA CERRAR DICHO EXPEDIENTE Y CONSEGUIR EL AUMENTO DE POTENCIA NECESARIO, Y CUYA OBRA IMPERADA

HA ASCENDIDO A 1.500€

AGRADECEMOS A ALEJANDRO BOBES SU INESTIMABLE COLABORACIÓN, SIN LA CUAL EL IMPORTE DE LA OBRA HUBIERA SIDO MUY SUPERIOR.

jueves, 28 de febrero de 2019

La gran clave del Padrenuestro está en la confianza en Dios Padre dice el Papa

(Rel.) Este último miércoles de febrero, el Papa Francisco ha continuado con sus catequesis sobre el Padre Nuestro, tema que va desarrollando en sus habituales audiencias públicas de los miércoles. El Papa ha destacado la importancia de la confianza dentro de la oración que Jesús enseñó.

“En la primera parte – de la oración afirma el Papa – Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad; en la segunda es Él quien entra en nosotros e interpreta nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en la tentación y la liberación del mal”.

Contemplación serena, petición valiente

El Papa Francisco explica que, aquí está la matriz de toda oración cristiana – diría de toda oración humana – que siempre está hecha, por un lado, de contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, por otro lado, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir, y vivir bien. “Así, en su sencillez y esencialidad – señala el Pontífice – el Padre nuestro educa a los que le oran a que no multipliquen palabras vanas, porque – como dice el mismo Jesús – vuestro Padre sabe lo que necesitamos antes incluso de pedírselo”.

Cuando hablamos con Dios, afirma el Papa, no lo hacemos para revelarle lo que tenemos en nuestro corazón, ¡Él lo conoce mucho mejor que nosotros! Si Dios es un misterio para nosotros, nosotros no somos un enigma a sus ojos. Dios es como aquellas madres que sólo necesitan una mirada para comprender todo sobre sus hijos: si son felices o tristes, si son sinceros o esconden algo.

El primer paso de la oración es entregarnos a Dios, confiar

En este sentido, el Santo Padre dijo que, el primer paso de la oración cristiana es la entrega de nosotros mismos a Dios, a su providencia. Es como decir: “Señor, tú lo sabes todo, no hay necesidad de hablarte de mi dolor, sólo te pido que estés aquí a mi lado: tú eres mi esperanza”. Es interesante notar que Jesús, en su discurso en la montaña, inmediatamente después de transmitir el texto del Padre Nuestro, nos exhorta a no preocuparnos y a no angustiarnos por las cosas. Parece una contradicción: primero nos enseña a pedir el pan de cada día y luego nos dice: “No se preocupen diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Qué nos vamos a poner?”. Pero la contradicción es sólo aparente: las peticiones del cristiano expresan confianza en el Padre; y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin ansiedad y agitación.

El Papa Francisco dice que por eso rezamos, diciendo: “Santificado sea tu nombre”. En esta invocación se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es. Y al mismo tiempo está la súplica que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios que santifica, que nos transforma por su amor, pero al mismo tiempo somos nosotros los que, con nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre.

Los espíritus malignos contra la santidad que crece

La santidad de Dios es una fuerza en expansión, afirma el Santo Padre y nosotros suplicamos que derribes las barreras de nuestro mundo rápidamente. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en sufrir las consecuencias es precisamente el mal que aflige al hombre. Los espíritus malignos injurian: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos? Sé quién eres: ¡el santo de Dios!”. Nunca antes se había visto una santidad como ésta: no preocupada por sí misma, sino extendida. Una santidad que se extiende en círculos concéntricos, como cuando se tira una piedra a un estanque. La oración expulsa todo temor. El Padre nos ama, el Hijo levanta sus brazos junto a los nuestros, el Espíritu trabaja en secreto para la redención del mundo. No vacilamos en la incertidumbre. Una cosa es cierta: es el mal el que tiene miedo.

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. “Pidamos al Señor que con la fuerza de su santidad destruya el mal que aflige a nuestro mundo, y nos conceda vivir con la convicción de que su amor redentor, que ha vencido al maligno, nunca nos abandona”.

¿Se puede ser buena persona sin ir a Misa?. Por Pedro Trevijano

A lo largo de mi vida me he quedado un poco, o más bien, un mucho harto de oír frases como: «se puede ser buena persona sin ir a Misa y muchos de los que van a Misa no son precisamente buenas personas ni dan precisamente un buen ejemplo».

Como todas las medias verdades se trata de una afirmación peligrosa por lo fácil que es que induzca a error. Ante todo hemos de afirmar que se puede ser buena persona y no ser cristiano. Todos conocemos a personas honradas e íntegras que no son cristianos, aparte que no debemos ni podemos juzgar a los demás. Pero tampoco los creyentes debemos andar con complejos de inferioridad. Cuando se compara creyentes con ateos debemos distinguir dos campos distintos: el campo de las ideas y el campo de la práctica. Y creo que en ambos la superioridad de los creyentes roza la evidencia.

Ninguna doctrina religiosa ni política alcanza la perfección de la doctrina cristiana, que, al fin y al cabo, ha sido fundada por Cristo, que es Dios hecho hombre. Para la doctrina cristiana el motor que ha de mover la Sociedad es el amor. Cuando le preguntan a Jesús que cuál es el mandamiento principal respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Ester mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,38-39). No nos olvidemos que Dios es Amor (cf. 1 Ju 4,8 y 16) y que es el amor el que da sentido a nuestra existencia amenazada por el mal.

El amor es por tanto el motor que debe mover la vida cristiana. Como nos dice San Juan de la Cruz: «al final de tu vida te examinarán del amor». Y para hacer el Bien, que es la consecuencia del amor, contamos con la ayuda inestimable de la gracia de Dios y de los sacramentos, lugares privilegiados de nuestro encuentro con Dios, en especial los de la Penitencia, que nos ayuda a corregirnos de nuestras desviaciones, y el de la Eucaristía, que es por excelencia el sacramento del amor.

En cambio, en las ideologías no creyentes lo que prima es la no aceptación de Dios, sea por un rechazo abierto, sea por prescindir de Él. Esta no aceptación hace que no sea el amor lo que motiva la acción social, sino que por el contrario sus motores son las luchas fratricidas y el odio. Así la lucha de clases en el marxismo, la racial en el nazismo, la de sexos en la ideología de género, y en el relativismo la no distinción entre Bien y Mal, entre Verdad y Mentira, pues lo que hoy puede ser un crimen, mañana puede ser un derecho, como ya ha sucedido con el aborto y la eutanasia, y es que el amor siempre es superior al odio. Además al no aceptar el pecado original y la inclinación al mal existente en el hombre, tratan de edificar la Sociedad sobre un ser humano que no existe, lo que hace que esa construcción se realice sobre pilares falsos abocados a la ruina, como lo prueban los millones y millones de personas asesinadas o con las vidas destrozadas como consecuencia de estas ideologías.

Y si nos vamos al campo de la acción práctica, la superioridad de los creyentes es clara. La inmensa mayoría de las obras sociales son de instituciones religiosas o de creyentes, y es que la entrega de una persona que actúa por amor a Dios es muy superior a la de la que actúa por motivos simplemente humanistas. Esto se ve claro en momentos de persecución; mientras la gran mayoría de las ONG desparecen, se quedan allí sólo los misioneros y misioneras. E incluso en nuestros países la gran mayoría de instituciones sociales son de la Iglesia. Recuerdo que en cierta ocasión en una charla, alguien preguntó: «¿Qué hace la Iglesia por los pobres?» Recuerdo le respondí con otra pregunta para él y todo el público: «Cítenme alguien que haga más por los pobres que la Iglesia Católica». Un silencio clamoroso fue la respuesta.

Pero incluso a la hora de hacer el mal creo lo hacemos mucho menos. Supongo se me recordará la Inquisición, las Cruzadas y la pedofilia. Sobre ésta, no hace mucho oí el siguiente dato: de más de cuarenta y cinco mil casos de abuso sexual que hasta Octubre hubo en España, sólo treinta y tres afectaban a sacerdotes, aunque estoy de acuerdo que uno solo ya es mucho. Por el contrario los no creyentes tienen las manos mucho más manchadas de sangre que nosotros y a la hora de robar, véase lo sucedido en Andalucía, son unos campeones. La sabiduría popular lo expresa en este refrán: «delante de la casa del creyente no dejes trigo, delante de la del no creyente ni el trigo ni la cebada».