domingo, 10 de febrero de 2019
En dónde están los profetas. Por Jorge González Guadalix
En los años setenta (y han pasado ya cuarenta y tantos años), salió al mercado un famosísimo disco entonces de Ricardo Cantalapiedra con el título de “El profeta”. En aquellos años no había reunión, encuentro, asamblea o convivencia donde no se cantaran algunas de sus canciones.
Pues ya ven, después de cuarenta años, ayer me dio por acordarme del susodicho disco y especialmente de una de sus canciones que llevaba por título “En dónde están los profetas” y que, entre otras cosas decía: “¿En dónde están los profetas, que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar?” Eso digo yo.
Y es que la primera lectura tenía su miga, mucha miga: “te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, o seré yo quien te intimide…” Ahí es nada: decir todo lo que yo te mande…
Por el bautismo todos profetas, pero a uno no le queda más remedio que comprender que si bien es verdad que todos profetas, también es verdad que unos tenemos más obligación que otros, diáconos, sacerdotes y obispos, simplemente porque hemos recibido un sacramento peculiar. Me impresionan dos cosas: una, la de decir todo lo que Dios nos mande. La otra, lo de no tener miedo.
Lo que Dios nos mande. Me da que necesitamos escuchar mucho más a Dios y menos las voces del mundo. ¿Qué es lo que Dios me pide que proclame en esta hora? No me vale con el archisabido de que lo importante es no crispar, ser prudentes, ir despacito. La situación es muy compleja, cada vez más se dice desde todas partes, y eso de ir de prudentitos para no tener problemas como Iglesia ya vemos que no conduce a parte alguna.
¿Qué quiere Dios que proclamemos? Posiblemente necesitáramos todos vestirnos de saco y ceniza, ayunar de medios de comunicación, olvidarnos de las palmaditas de lo políticamente correcto y dedicar tiempo a la lectura de la Escritura, los padres de la Iglesia, el catecismo, la oración y la meditación para descubrir qué cosa quiere Dios de nosotros en esta hora difícil. Hora difícil en la que se ha suprimido en la práctica el derecho natural, la antropología es ideología, Dios pura entelequia y el consenso de lo que se lleva está acabando con la verdad. Hora de relativismo, de acomodación, de ir tirando.
Los fieles nos miran. Miran a la Iglesia, miran a sus pastores, nos miran a los sacerdotes, a sus párrocos, preguntándose qué pasa. Nosotros seguimos tan tranquilos, silbando y mirando para otro lado y creyendo que ser profetas es pronunciar el domingo una homilía cansina, repetida y sin garra. ¿De dónde sacarán nuestros fieles las fuerzas, el estímulo, al arrojo para no caer, para seguir alegres en la brecha? ¿Quién los animará para que no decaigan sus fuerzas?
Yo creo que el miedo ya no es ni siquiera a que puedan decirnos algo, que también. Nos hemos resignado y nos hemos dado por vencidos. Mantenemos el tipo, aguantamos el chaparrón, de cuando en cuando alguna cosa para que parezca que seguimos vivos. Y ya.
¿En dónde están los profetas? ¿Profetas, profetas?
Pues ya ven, después de cuarenta años, ayer me dio por acordarme del susodicho disco y especialmente de una de sus canciones que llevaba por título “En dónde están los profetas” y que, entre otras cosas decía: “¿En dónde están los profetas, que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar?” Eso digo yo.
Y es que la primera lectura tenía su miga, mucha miga: “te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, o seré yo quien te intimide…” Ahí es nada: decir todo lo que yo te mande…
Por el bautismo todos profetas, pero a uno no le queda más remedio que comprender que si bien es verdad que todos profetas, también es verdad que unos tenemos más obligación que otros, diáconos, sacerdotes y obispos, simplemente porque hemos recibido un sacramento peculiar. Me impresionan dos cosas: una, la de decir todo lo que Dios nos mande. La otra, lo de no tener miedo.
Lo que Dios nos mande. Me da que necesitamos escuchar mucho más a Dios y menos las voces del mundo. ¿Qué es lo que Dios me pide que proclame en esta hora? No me vale con el archisabido de que lo importante es no crispar, ser prudentes, ir despacito. La situación es muy compleja, cada vez más se dice desde todas partes, y eso de ir de prudentitos para no tener problemas como Iglesia ya vemos que no conduce a parte alguna.
¿Qué quiere Dios que proclamemos? Posiblemente necesitáramos todos vestirnos de saco y ceniza, ayunar de medios de comunicación, olvidarnos de las palmaditas de lo políticamente correcto y dedicar tiempo a la lectura de la Escritura, los padres de la Iglesia, el catecismo, la oración y la meditación para descubrir qué cosa quiere Dios de nosotros en esta hora difícil. Hora difícil en la que se ha suprimido en la práctica el derecho natural, la antropología es ideología, Dios pura entelequia y el consenso de lo que se lleva está acabando con la verdad. Hora de relativismo, de acomodación, de ir tirando.
Los fieles nos miran. Miran a la Iglesia, miran a sus pastores, nos miran a los sacerdotes, a sus párrocos, preguntándose qué pasa. Nosotros seguimos tan tranquilos, silbando y mirando para otro lado y creyendo que ser profetas es pronunciar el domingo una homilía cansina, repetida y sin garra. ¿De dónde sacarán nuestros fieles las fuerzas, el estímulo, al arrojo para no caer, para seguir alegres en la brecha? ¿Quién los animará para que no decaigan sus fuerzas?
Yo creo que el miedo ya no es ni siquiera a que puedan decirnos algo, que también. Nos hemos resignado y nos hemos dado por vencidos. Mantenemos el tipo, aguantamos el chaparrón, de cuando en cuando alguna cosa para que parezca que seguimos vivos. Y ya.
¿En dónde están los profetas? ¿Profetas, profetas?
Repasando el Catecismo
El respeto de la integridad corporal
2297 Los secuestros y el tomar rehenes hacen que impere el terror y, mediante la amenaza, ejercen intolerables presiones sobre las víctimas. Son moralmente ilegítimos. El terrorismo, amenaza, hiere y mata sin discriminación; es gravemente contrario a la justicia y a la caridad. La tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones, para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana. Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral (cf Pío XI, Cart enc. Casti connubii: DS 3722).
2298 En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos.
2297 Los secuestros y el tomar rehenes hacen que impere el terror y, mediante la amenaza, ejercen intolerables presiones sobre las víctimas. Son moralmente ilegítimos. El terrorismo, amenaza, hiere y mata sin discriminación; es gravemente contrario a la justicia y a la caridad. La tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones, para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana. Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral (cf Pío XI, Cart enc. Casti connubii: DS 3722).
2298 En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos.
La vida sólo tiene valor al donarla
El Evangelio (Mc 6, 14-29) cuenta el martirio de Juan Bautista. Un relato con cuatro personajes: el rey Herodes, Herodías, Salomé y el profeta decapitado. Al final, los discípulos de Juan piden el cuerpo del profeta y le dan sepultura. El más grande acabó así. Pero Juan lo sabía, sabía que tenía que anonadarse. Lo dijo desde el principio, hablando de Jesús: “Él debe crecer, y yo disminuir”. Y disminuyó hasta la muerte. Fue el precursor, el anunciador de Jesús, que dijo: “No soy yo; ese es el Mesías”. Lo mostró a los primeros discípulos y luego su luz se apagó poco a poco, hasta la oscuridad de aquella celda, en la cárcel donde, solo, fue decapitado. ¿Y porqué pasó eso? No es fácil contar la vida de los mártires. El martirio es un servicio, un misterio, un don de la vida muy especial y muy grande. Y al final las cosas concluyen violentamente, por actitudes humanas que llevan a quitar la vida a un cristiano, a una persona honrada, y hacerlo mártir.
Veamos los otros tres personajes. Primero el rey, que creía que Juan era un profeta, lo escuchaba con gusto, de algún modo lo protegía, pero lo tenía encarcelado. Era indeciso, porque Juan le reprochaba su pecado, el adulterio. En el profeta, Herodes oía la voz de Dios que le decía: “Cambia de vida”, pero no lograba hacerlo. El rey era corrupto, y donde hay corrupción, es muy difícil salir. Un corrupto que intentaba hacer equilibrios diplomáticos entre su vida, no solo adúltera, sino también de tantas injusticias, y su conciencia que sabía que aquel hombre era santo. Y no lograba desatar el nudo. Luego, Herodías, la mujer del hermano del rey, asesinado por Herodes para poseerla. El Evangelio dice de ella solo que odiaba a Juan, porque hablaba claro. Y sabemos que el odio es capaz de todo, es una fuerza grande. El odio es la respiración de Satanás. Pensemos que él no sabe amar, no puede amar. Su ‘amor’ es el odio. Y esta mujer tenía el espíritu satánico del odio, que destruye. El tercer personaje, la hija de Herodías, Salomé, buena bailarina, que gustó mucho a los comensales y al rey. Herodes, con ese entusiasmo, prometió a la chica: “Te lo daré todo”. Usa las mismas palabras que Satanás para tentar a Jesús: “Si me adoras te daré todo, todo el reino”. Pero Herodes no lo podía saber.
Tras estos personajes está satanás, sembrador de odio en la mujer, sembrador de vanidad en la chica, sembrador de corrupción en el rey. Y el hombre más grande nacido de mujer acabó solo, en una celda oscura de la cárcel, por el capricho de una bailarina vanidosa, el odio de una mujer diabólica y la corrupción de un rey indeciso. Un mártir que dejó que su vida se fuese apagando poco a poco, para dejar sitio al Mesías. Juan muere en la celda, en el anonimato, como tantos mártires nuestros. El Evangelio dice solo que “sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro”. Todos sabemos que fue un gran testigo, un gran hombre, un gran santo. La vida tiene valor solo al darla, al darla en el amor, en la verdad, al darla a los demás, en la vida ordinaria, en la familia. Siempre al darla. Si uno toma la vida para sí, para protegerla, como el rey en su corrupción o la mujer con el odio, o la chica con su vanidad –un poco adolescente, inconsciente–, la vida muere, la vida se marchita, no sirve.
Juan dio su vida: “Yo debo disminuir para que Él sea escuchado, sea visto, para que Él se manifieste, el Señor”. Solo os aconsejo no pensar mucho en esto, pero sí recordar la imagen de los cuatro personajes: el rey corrupto, la mujer que solo sabía odiar, la chica vanidosa que es una inconsciente, y el profeta decapitado solo en la celda. Mirar eso, y que cada uno abra el corazón para que el Señor le hable de eso.
Veamos los otros tres personajes. Primero el rey, que creía que Juan era un profeta, lo escuchaba con gusto, de algún modo lo protegía, pero lo tenía encarcelado. Era indeciso, porque Juan le reprochaba su pecado, el adulterio. En el profeta, Herodes oía la voz de Dios que le decía: “Cambia de vida”, pero no lograba hacerlo. El rey era corrupto, y donde hay corrupción, es muy difícil salir. Un corrupto que intentaba hacer equilibrios diplomáticos entre su vida, no solo adúltera, sino también de tantas injusticias, y su conciencia que sabía que aquel hombre era santo. Y no lograba desatar el nudo. Luego, Herodías, la mujer del hermano del rey, asesinado por Herodes para poseerla. El Evangelio dice de ella solo que odiaba a Juan, porque hablaba claro. Y sabemos que el odio es capaz de todo, es una fuerza grande. El odio es la respiración de Satanás. Pensemos que él no sabe amar, no puede amar. Su ‘amor’ es el odio. Y esta mujer tenía el espíritu satánico del odio, que destruye. El tercer personaje, la hija de Herodías, Salomé, buena bailarina, que gustó mucho a los comensales y al rey. Herodes, con ese entusiasmo, prometió a la chica: “Te lo daré todo”. Usa las mismas palabras que Satanás para tentar a Jesús: “Si me adoras te daré todo, todo el reino”. Pero Herodes no lo podía saber.
Tras estos personajes está satanás, sembrador de odio en la mujer, sembrador de vanidad en la chica, sembrador de corrupción en el rey. Y el hombre más grande nacido de mujer acabó solo, en una celda oscura de la cárcel, por el capricho de una bailarina vanidosa, el odio de una mujer diabólica y la corrupción de un rey indeciso. Un mártir que dejó que su vida se fuese apagando poco a poco, para dejar sitio al Mesías. Juan muere en la celda, en el anonimato, como tantos mártires nuestros. El Evangelio dice solo que “sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro”. Todos sabemos que fue un gran testigo, un gran hombre, un gran santo. La vida tiene valor solo al darla, al darla en el amor, en la verdad, al darla a los demás, en la vida ordinaria, en la familia. Siempre al darla. Si uno toma la vida para sí, para protegerla, como el rey en su corrupción o la mujer con el odio, o la chica con su vanidad –un poco adolescente, inconsciente–, la vida muere, la vida se marchita, no sirve.
Juan dio su vida: “Yo debo disminuir para que Él sea escuchado, sea visto, para que Él se manifieste, el Señor”. Solo os aconsejo no pensar mucho en esto, pero sí recordar la imagen de los cuatro personajes: el rey corrupto, la mujer que solo sabía odiar, la chica vanidosa que es una inconsciente, y el profeta decapitado solo en la celda. Mirar eso, y que cada uno abra el corazón para que el Señor le hable de eso.
60 años de Manos Unidas contra el hambre en el mundopor Monseñor Demetrio Fernández
Manos Unidas es una ONG de la Iglesia católica para promover el desarrollo integral de las personas y los pueblos, declarando la guerra al hambre en el mundo. Brotó de la feliz iniciativa de las mujeres de Acción Católica en un momento crucial. Cuando muchos optaban por eliminar bocas para que tocáramos a más, ellas optaron por ensanchar la mesa y dar un lugar a muchos que padecen situaciones de hambre material, cultural o espiritual, aunque tocáramos a menos. En estos 60 años han llegado a millones de personas en los países en vías de desarrollo, proporcionándoles crecimiento en todos los sentidos y dándoles una serie de oportunidades en todos los campos: proyectos agrícolas, educativos, sanitarios, de atención específica a la mujer, a los migrantes, etc. El mundo está mal repartido, y la culpa no es de Dios, sino de los hombres, que tienen lo necesario y mucho más, olvidándose de quienes no tienen ni siquiera para sobrevivir. Es preciso romper la indiferencia y aportar nuestro grano de arena para revertir la situación mundial.
En 2017, más de un millón y medio de personas se beneficiaron directamente de esta organización, repartiendo cerca de 40 millones de euros. Para este y los próximos años, se quiere acentuar la ayuda a la mujer, que sufre grandes discriminaciones en tantos lugares de la tierra. Ese apoyo en programas concretos tendrá un efecto multiplicador, pues a su vez tales mujeres repercutirán en sus respectivas familias, en sus hijos, en la educación, en la sanidad, etc.
¿Cuáles pueden ser las tentaciones de Manos Unidas? Por una parte, centrarse solamente en lo material. Existe el peligro por parte nuestra de tener como objetivo recoger dinero sin más, que pensamos va a ser bien empleado, pero quedarnos ahí. Necesitamos el dinero para llevar adelante los proyectos, pero ese no es el objetivo principal. Detrás de cada proyecto hay personas concretas. Y la motivación de todas esas recaudaciones es el amor cristiano, que mueve el corazón a interesarnos por nuestros hermanos que carecen de lo necesario. La ONG Manos Unidas admite también donaciones de todos los que quieren hacer el bien a través de esta organización, aunque no sean cristianos. Pero los cristianos realizamos la colecta anual como fruto del ayuno, privándonos de algo, y poniendo nuestros donativos a los pies de los Apóstoles para que ellos repartan según las necesidades.
Otro peligro es el de seleccionar necesidades en los destinatarios: comida, casa, cultura, sanidad, prescindiendo de su dimensión religiosa. No podemos ayudar a la persona reduciendo sus necesidades a lo material, cultural, sanitario, etc. y olvidándonos de lo religioso. La religión es una dimensión esencial de la persona. Y nuestra ayuda es una ayuda integral a toda la persona, incluida esa dimensión religiosa, que le abre a la relación con Dios y mejora las relaciones humanas. No se trata de ayudar sólo a los católicos o sólo a los creyentes. Se trata de ayudar a la persona en todas sus dimensiones, incluyendo la dimensión religiosa y espiritual. Entiendo que haya prioridades, la del hambre en el mundo, pero no hay mayor hambre que el hambre de Dios. Algunos pueden pensar que si se atiende a la persona en su totalidad, integralmente, incluida su dimensión religiosa, quizá se redujeran los ingresos de algunos donantes. Y entonces vuelvo a la tentación anterior. Manos Unidas no es sólo una ONG para recaudar fondos, aunque los destine para bien de los pobres. Manos Unidas tiene una identidad cristiana, que la configura como institución de la Iglesia Católica al servicio de los más pobres de la tierra.
Aprovecho este momento especial de la campaña anual para agradecer a todos los que trabajan en Manos Unidas en nuestra diócesis de Córdoba, que son muchos, y además lo hacen de manera voluntaria como una prolongación de su compromiso cristiano. También a todos aquellos que lo hacen de manera altruista, aunque no tengan una motivación cristiana. Hacer el bien abre el camino y el corazón al encuentro con Dios y con los hermanos.
Publicado en el portal de la diócesis de Córdoba.
En 2017, más de un millón y medio de personas se beneficiaron directamente de esta organización, repartiendo cerca de 40 millones de euros. Para este y los próximos años, se quiere acentuar la ayuda a la mujer, que sufre grandes discriminaciones en tantos lugares de la tierra. Ese apoyo en programas concretos tendrá un efecto multiplicador, pues a su vez tales mujeres repercutirán en sus respectivas familias, en sus hijos, en la educación, en la sanidad, etc.
¿Cuáles pueden ser las tentaciones de Manos Unidas? Por una parte, centrarse solamente en lo material. Existe el peligro por parte nuestra de tener como objetivo recoger dinero sin más, que pensamos va a ser bien empleado, pero quedarnos ahí. Necesitamos el dinero para llevar adelante los proyectos, pero ese no es el objetivo principal. Detrás de cada proyecto hay personas concretas. Y la motivación de todas esas recaudaciones es el amor cristiano, que mueve el corazón a interesarnos por nuestros hermanos que carecen de lo necesario. La ONG Manos Unidas admite también donaciones de todos los que quieren hacer el bien a través de esta organización, aunque no sean cristianos. Pero los cristianos realizamos la colecta anual como fruto del ayuno, privándonos de algo, y poniendo nuestros donativos a los pies de los Apóstoles para que ellos repartan según las necesidades.
Otro peligro es el de seleccionar necesidades en los destinatarios: comida, casa, cultura, sanidad, prescindiendo de su dimensión religiosa. No podemos ayudar a la persona reduciendo sus necesidades a lo material, cultural, sanitario, etc. y olvidándonos de lo religioso. La religión es una dimensión esencial de la persona. Y nuestra ayuda es una ayuda integral a toda la persona, incluida esa dimensión religiosa, que le abre a la relación con Dios y mejora las relaciones humanas. No se trata de ayudar sólo a los católicos o sólo a los creyentes. Se trata de ayudar a la persona en todas sus dimensiones, incluyendo la dimensión religiosa y espiritual. Entiendo que haya prioridades, la del hambre en el mundo, pero no hay mayor hambre que el hambre de Dios. Algunos pueden pensar que si se atiende a la persona en su totalidad, integralmente, incluida su dimensión religiosa, quizá se redujeran los ingresos de algunos donantes. Y entonces vuelvo a la tentación anterior. Manos Unidas no es sólo una ONG para recaudar fondos, aunque los destine para bien de los pobres. Manos Unidas tiene una identidad cristiana, que la configura como institución de la Iglesia Católica al servicio de los más pobres de la tierra.
Aprovecho este momento especial de la campaña anual para agradecer a todos los que trabajan en Manos Unidas en nuestra diócesis de Córdoba, que son muchos, y además lo hacen de manera voluntaria como una prolongación de su compromiso cristiano. También a todos aquellos que lo hacen de manera altruista, aunque no tengan una motivación cristiana. Hacer el bien abre el camino y el corazón al encuentro con Dios y con los hermanos.
Publicado en el portal de la diócesis de Córdoba.
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