jueves, 29 de junio de 2023

Nombramientos diocesanos 2023



El Sr. Arzobispo, Mons. Jesús Sanz Montes, ofm, ha procedido a realizar los siguientes nombramientos:

Curia, Catedral, Seminario, Consiliarías y otros organismos diocesanos


Don Antonio Nistal Hernández, Miembro del Consejo episcopal

Don Sergio Martínez Mendaro, Canónigo Prefecto de Música

Don Antonio Herrero Casares, Delegado episcopal del Clero

Don Adolfo Manuel Álvarez Sánchez, Delegado episcopal de Pastoral de la Salud

Don Luis José Fernández Candanedo, Delegado episcopal de Pastoral Vocacional

Don Marcos Argüelles Montes, Delegado episcopal de Causas de los Santos

Don Luis Manuel Alonso González, Delegado episcopal de Piedad Popular

Don José Víctor Martínez Álvarez, Delegado episcopal de Apostolado Seglar

Don José del Riego García-Argüelles, Director del Secretariado de Migraciones y Movilidad Humana

Don Juan Ignacio García Iglesias, Vicerrector del Seminario Metropolitano y Moderador del Diaconado Permanente

Don José Javier Alumbreros López, Director de la Escuela Diocesana de Animación y Educación en el Tiempo Libre y Capellán de la Fundación Educatio Servanda Asturias

Don José María Hevia Álvarez, Consiliario diocesano de Manos Unidas

Don Fermín Riaño Menéndez, Consiliario diocesano de Vida Ascendente

Vicaría de Oviedo-Centro
Arciprestazgo de Oviedo


Don Abelardo Bazó Canelón, Vicario parroquial de San Juan el Real de Oviedo

Don Alfonso López García, Vicario parroquial de San Pablo de Oviedo

Don José María Sauras Vásquez, Vicario parroquial de la Unidad pastoral de San Pedro-La Merced de Oviedo

Don Jesús Porfirio Álvarez Rodríguez, Adscrito a San Isidoro el Real de Oviedo

Don Juan Luis Monzón Viera, Adscrito a la Unidad pastoral de San Lázaro del Camino de Oviedo

Arciprestazgo de Siero


Don José Antonio Bande García, Párroco de Santiago de Pruvia, en la Unidad pastoral de Pruvia-Lugo-La Fresneda

Don Sotero Alperi Colunga, Adscrito a la Unidad pastoral de Pruvia-Lugo-La Fresneda

Don Artemio Grande Bermejo, Diácono adscrito a la Unidad pastoral de La Carrera

Arciprestazgo de El Fresno

Don Antonio Herrero Casares, Párroco de la Unidad pastoral de Teverga

Don Andrés Camilo Cardozo Polanía, Párroco de la Unidad pastoral de Somiedo

Arciprestazgo de El Caudal

Don José Javier Alumbreros López, Párroco de la Unidad pastoral de Turón

Vicaría de Gijón-Oriente
Arciprestazgo de Gijón


Don Maximino Canal García, Párroco de San Salvador de Deva, en la Unidad pastoral de Bernueces

Don Celestino Riesgo Iglesias, Párroco de Santa Eulalia de Cabueñes y Adscrito a San Miguel de Gijón

Arciprestazgo de Llanes


Don Jhon Steven Rivas Betancurt, Párroco de la Unidad Pastoral de Las Peñamelleras (Alta y Baja)

Vicaría de Avilés-Occidente
Arciprestazgo de Avilés


Don Luis López Menéndez, Rector de la Iglesia de San Antonio, en la Unidad pastoral de San Nicolás de Avilés

Don Luis Alberto Pérez López, Párroco de San Martín de Arango y Vicario parroquial de la Unidad pastoral de Pravia

Arciprestazgo de Villaoril

Don Alejandro Fuentevilla Noriega, Párroco de la Unidad pastoral de Castropol

Don Jesús del Riego Ruiz, Párroco de la Unidad pastoral de Navelgas

Arciprestazgo de El Acebo

Don Hermes Osorio Herrera, Párroco in solidum de la Unidad pastoral de Tineo y Don Alfredo de Diego Braga será Párroco Moderador

La entrega de los nombramientos tendrá lugar en el mes de septiembre.


Oviedo, 23 de junio de 2023

sábado, 1 de abril de 2023

HORARIOS


Con la mirada de Cristo, con la mirada de San Dimas. Por Jaume Melcior Servat

Dentro de la Pasión - y después del Señor y su Santísima Madre- la persona que siempre más he querido, y le he dedicado todas mis simpatías y devociones, es sin lugar a dudas San Dimas. Es el buen ladrón, quien me da ejemplo permanente de como debo confesarme. Y creo que deberíamos mirarle con más profundidad, de lo que se hace habitualmente.

En la vida de un cristiano, son imprescindibles las dos miradas que reza el título de este escrito. En la Cruz no hay más posibles que estas dos. Algunos me dirán que me olvido de Nuestra Señora. Se equivocan. La mirada de Nuestra Madre se circunscribe a mirarnos con los ojos de su Divino Hijo. Así que es una mirada que, desde su más profunda libertad, desea mirar con los ojos del Salvador.

Otros me dirán que me olvido del ladrón de la izquierda. Según el evangelio apócrifo de Nicodemo, se llamaba Gestas. Puede ser. Por eso le llamaré oficiosamente así en esta reflexión. Gestas no se le puede considerar una «mirada», pues justamente, por no saber mirar cara a cara al único que le podía salvar, y no hacerlo, examinando su alma y dejándose purificar, rehuyó el encuentro con Cristo. Gestas, prefirió intentar su salvación, «mirando» con los ojos de los que condenaban a Jesús. Se burló e insultó al Señor. Y… ¿qué consiguió con ello? Empeorar su pecado, y cerrarse a su única verdadera opción de vivir. Su actitud no le bajó de la cruz, lo amargó más, sufrió más, y se entregó a la desesperanza. Así que Gestas, no miró. Rehuyó la mirada del Salvador. Y perdió lo que sí ganó San Dimas.

San Dimas hizo un verdadero acto de justicia, reconoció la verdad recriminando la actitud de Gestas, reconociendo también, la injusta condena de Jesús. Reconoció su crimen, su pecado. Y es ahí cuando se cruzan las dos miradas… La de Jesús, que respetando la libertad de todos, espera pacientemente. Y cuando de los labios de San Dimas nace: «Señor acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino» (Lc 23, 42-43) al Señor le falta tiempo, para decirle: «En Verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). El Señor tiene prisa de recibir el alma contrita del amigo, que se deja Salvar y ayudar. Da tanto consuelo esta escena, ¡Tanto!...

Si queremos ser verdaderamente felices debemos mirar con estas dos miradas. Solo hay una criatura que nunca ha tenido que mirar con la mirada de San Dimas. La Virgen; que siempre fue agradable y pura, toda para Dios. Por eso, en ella solo cabe la mirada de Jesús. Debemos acoger la fragilidad, los pecados y debilidades de los demás, y los propios, con la mirada de Jesús. Reconociendo ante Él la verdad, para poder ser curados del mal que nos aqueja. Y, ante todo, no revolver en el pasado, una vez se ha dejado salvar uno. Ante Dios volvemos a ser almas bellísimas. Desde la muerte de Jesús en la cruz, por medio del Bautismo, el Padre ve en cada uno de nosotros a su propio Hijo, somos otros Cristos. Por eso debemos tratarnos con mucho mimo. Valemos demasiado. Por más males, no es comprensible que no demos la posibilidad a otros de pedir perdón, de recomenzar. No caben actitudes poco generosas ante un alma que nos pide perdón, cuando nosotros se lo pedimos al Señor y nos lo da constantemente. Qué ridículo y poco coherente, cuando optamos por no dirigirnos la palabra, o llevamos cuentas de los males que otros nos infligen. Olvidándonos del mal que tantas veces ocasionamos. O del perdón que el Señor, en múltiples ocasiones nos ha concedido.

Ciertamente cabe restablecer el mal hecho con abundancia de bien. No hablo de falsas misericordias, hoy tan en boga. Hablo de restitución, con muchísima generosidad en abundancia de bien. Pero a la vez también, lo más santo es ser muy, muy generosos en el perdón. Cuanto más nos cueste, más amor, más prueba de santidad. Cuanto más generosos en el perdón, más buena mesura de Santidad nos aplicará el Señor. No busquemos un «suficiente» en los bienes eternos. Quién busca el suficiente, tiene muchos números para el suspenso. Quién busca el excelente, tiene muy difícil suspender…

Por eso, es preciso mirarnos también, con la mirada de San Dimas. No hurgar en el pecado, pedir perdón humildemente, para acceder de nuevo a la gracia de un cielo, que ya en la tierra, podemos empezar a vislumbrar. Lo que supone volver a vivir en Comunión, restableciendo los lazos del amor. Créanme, no bromeo, si eso sucede, el amor por el amigo aun es muchísimo mayor que antes de la ruptura. El premio a la generosidad, es una amistad inquebrantable. Pues la humildad, Dios la paga con grandes vienes ya en esta vida. Y si la mirada de Cristo, brilla por encima de los orgullos, en esa amistad Él resplandece. Y mientras así sea es inquebrantable, con visos de amistad eterna.

Vale la pena mirar a quienes nos rodean con la mirada de Jesús. Vale la pena ser humildes, y mirarnos con la mirada de san Dimas. Un secreto…si frecuentan mucho la confesión, incluso para solo las cosas más pequeñas, quedarán inundados de estas miradas. Sin bajarnos de la cruz, reinará el Señor en cada uno de nosotros, y no seremos capaces de negarle a nadie, lo que Él nos brinda constantemente sin pedirnos más explicaciones, que la medicina de la verdad, que pica, justamente porqué verdaderamente cura. Como decía Benedicto XVI: «La cruz nos recuerda que no hay amor verdadero sin sufrimiento, no hay don de vida sin dolor». El camino del perdón sincero y generoso, duele en demasía a nuestro orgullo. Pero el que se humilla será enaltecido, como nos recuerda el Señor en el Evangelio de San Lucas.

Acaben de pasar una Santa Cuaresma, y si pelean vivir esta reflexión, les auguro una Pascua tan feliz, como en su vida la hayan podido vivir. Y recemos por aquellos que no perdonan, ni piden perdón, porqué aunque no se den cuenta, necesitan esta misma felicidad… esta misma paz de espíritu. Por favor, démonos la alegría de mirarnos con la mirada de Jesús; y en esta vida, siempre que haga falta, con la mirada esperanzada de San Dimas.

martes, 28 de febrero de 2023

El Antes y el Después de nuestro templo








Cuando el desierto florece y amanece la luz

Tiene color ceniciento este tiempo, con sus brumas mañaneras, con el frío propio de la época y la luz más acortada en los días. Así es el marco de cada cuaresma cuando los cristianos comenzamos nuevamente la andadura que nos conducirá a la pascua. Pero tal vez podamos pensar que se trata de un dejà vu, de algo demasiadas veces visto que hace tiempo que dejó de conmovernos. Los ritos se suceden como se sucedieron los navideños sin solución de continuidad. Ahora no tocan turrones y villancicos, sino cenizas y penitencias, las consabidas y propias del tiempo cuaresmal.

Y, sin embargo, en esta cuaresma única e irrepetible, nos podemos adentrar en algo tan inédito que nunca antes había sucedido y nunca después se repetirá. Porque la vida nos depara siempre la fecha de un tiempo distinto y el domicilio de una circunstancia diversa. Hace un año, hace una cuaresma… era otro tiempo y había otras circunstancias. De hecho, de entonces para acá nos faltan gentes que hemos perdido, tenemos otras que nos han llegado. Se superaron sinsabores que amenazaban con acorralarnos y aparecieron otras pruebas que a fondo nos probaron en la paciencia y la esperanza. Caducaron algunas alegrías, mientras que han podido sorprendernos otras con las que no contábamos.

Un tiempo y una circunstancia, como el trasiego de los años y el cambio de los contextos, que nos invitan a sacudirnos las inercias, a despertar nuestros letargos y admirarnos por lo que cabalmente viene a sorprendernos. De aquí que nos hagamos la pregunta: ¿qué nos van a traer estos cuarenta días cuaresmeros? ¿Qué se nos recordará de cuanto fácilmente hemos olvidado? ¿Qué se nos dará o se nos dirá con sabor a estreno? Todo un itinerario de verdadera atención, que es la que sustenta la conversión cristiana.

Tenemos motivos como para abrirnos a esta novedad, precisamente cuando en el horizonte cotidiano nos sentimos cansados de tanta monserga politiquera que ya nos satura con sus desplantes en las exclusiones y descartes de los menos favorecidos, con sus mentiras cuyos engaños se empeñan en presentarse como herramienta cansina de la mala gobernanza, con la improcedencia esperpéntica de demasiadas leyes inútiles que sólo responden al diseño de una ruta ideológica que nos quieren imponer con premura porque a sus fautores se les acaba el alpiste de su jauja. Y frente a todo este mundo tan tóxico e irrespirable que va generando hartura y descrédito, los cristianos nos damos este tiempo que quiere ser de hondura inteligente, de realismo humilde, de apertura a la gracia divina que enciende su luz inapagable en medio de todas nuestras penumbras.

Hay tres gestos típicamente cuaresmales, que quizás no siempre los sabemos poner de relieve por una traducción costumbrista y demasiado desgastada. Se nos invita en este tiempo a la limosna, a la oración y al ayuno. Pero nos encontramos con su explicación clásica de dar unas monedas, de recitar unas plegarias o de privarnos de algún alimento. No obstante, estos tres gestos cuaresmales significan mucho más. Porque la limosna más importante no está en entregar unas perrillas, sino en la entrega de nuestra propia persona con su tiempo, con sus talentos y cualidades. La oración no es mascullar plegarias sin más, sino tener la certeza de estar siempre esperados, siempre mirados y siempre acompañados por ese Dios que en todo momento está junto a todas mis veras. Y el ayuno, cuando es inteligente, consiste en privarse de aquello que nos hace daño, lo que nos enajena del Señor y nos enfrenta a los hermanos, todo aquello que termina destruyéndonos de tantos modos por dentro y por fuera. Es lo que la nueva cuaresma nos invita a acoger y expresar como camino por el desierto que podremos ver florecer en la pascua, como una luz amanecida tras tanta noche de pertinaz negrura. Hay esperanza como el vergel florece y la mañana se enciende.

+Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.
Arzobispo de Oviedo

Película sobre el Beato Carlo Acutis

 

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2023

Ascesis cuaresmal, un camino sinodal

Queridos hermanos y hermanas:

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas concuerdan al relatar el episodio de la Transfiguración de Jesús. En este acontecimiento vemos la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando estos manifestaron incomprensión hacia Él. De hecho, poco tiempo antes se había producido un auténtico enfrentamiento entre el Maestro y Simón Pedro, quien, tras profesar su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz. Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Y «seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1).

El evangelio de la Transfiguración se proclama cada año en el segundo domingo de Cuaresma. En efecto, en este tiempo litúrgico el Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado. Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis.

La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para profundizar nuestro conocimiento del Maestro, para comprender y acoger plenamente el misterio de la salvación divina, realizada en el don total de sí por amor, debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades. Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña. Estos requisitos también son importantes para el camino sinodal que, como Iglesia, nos hemos comprometido a realizar. Nos hará bien reflexionar sobre esta relación que existe entre la ascesis cuaresmal y la experiencia sinodal.

En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje. Análogamente al ascenso de Jesús y sus discípulos al monte Tabor, podemos afirmar que nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro. Sabemos, de hecho, que Él mismo es el Camino y, por eso, tanto en el itinerario litúrgico como en el del Sínodo, la Iglesia no hace sino entrar cada vez más plena y profundamente en el misterio de Cristo Salvador.

Y llegamos al momento culminante. Dice el Evangelio que Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo. La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor. Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena. También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino.

La experiencia de los discípulos en el monte Tabor se enriqueció aún más cuando, junto a Jesús transfigurado, aparecieron Moisés y Elías, que personifican respectivamente la Ley y los Profetas (cf. Mt 17,3). La novedad de Cristo es el cumplimiento de la antigua Alianza y de las promesas; es inseparable de la historia de Dios con su pueblo y revela su sentido profundo. De manera similar, el camino sinodal está arraigado en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, abierto a la novedad. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y de la experimentación improvisada.

El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, quisiera proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.

El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. La Cuaresma es un tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquel que nos habla. ¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia. No dejemos que caiga en saco roto. Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día, incluso con la ayuda de internet. Además de hablarnos en las Escrituras, el Señor lo hace a través de nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda. Pero quisiera añadir también otro aspecto, muy importante en el proceso sinodal: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.

Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”. La Cuaresma está orientada a la Pascua. El “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión. También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades.

Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos anime durante esta Cuaresma en nuestra escalada con Jesús, para que experimentemos su resplandor divino y así, fortalecidos en la fe, prosigamos juntos el camino con Él, gloria de su pueblo y luz de las naciones.

Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2023, Fiesta de la Conversión de san Pablo

Francisco